ENTRE VERDADES QUE DUELEN Y BRISAS QUE NO EXISTEN

Solo me apetece ponerme a escribir sin aparentar, con sinceridad y sin contenerme a llorar si las palabras llaman a las lágrimas. De día y de noche, el tiempo no corre. No importa el retroceso inoportuno de una serenidad descontrolada que deja una soledad con goteras invisibles. No se ve nada cuando me miro al espejo; mi reflejo me refleja. Nube de humo gris, no creo en nadie, pero solo creo en mí.

Es un problema cuando el sí es un no, cuando el no es un sí, cuando no y sí son la misma palabra, cuando algo no está bien, pero no está mal. ¿En qué lugar me deja eso? No quiero ser una botella a la deriva, pero me tiro al vacío sin dudar. Quiero ser aire, como ese que te espera a la vuelta de la esquina y te acaricia con una caricia en la mejilla, porque para ti, aunque transparente e inexistente, seré siempre una brisa. Brisa que pasa al pasar. Brisa que se enrosca por unas piernas que desafían a mi suavidad y que hacen que pierda el sentido de saber dónde terminan mis vientos y donde empiezan tus tormentas.

Solo volveré a saber de ti cuando me pierda en mi inconsciencia, cuando yo no sea el dictador totalitario de mi creer con el que creo un mundo en el que no te creo (no te creo). Solo allí, donde mi fuerza no es fuerte y tus sueños son de oro, volveremos a vernos. Espero recordarte bien, me empeñé mucho en borrarte bien. Me metí los dedos en los ojos secos hasta encontrar todas tus cajas de zapatos. No eran de tacón tus recuerdos, eran de tela y de lazos de seda.

Las mentiras se convierten en verdades cuando se trata de creernos lo que nos queremos contar. Lo que creer-nos contar. Pero yo no quiero mentiras, yo quiero verdades que duelan y que sangren. Verdades que me recuerden lo que quise olvidar

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